jueves, 18 de junio de 2026

niño

Siempre fuiste más del cerro, ¿no? 

el río te gustaba poco, porque dejaba tu pelo apelmazado, así que decidías quedarte en el balcón a mirar las luces de los barcos que circulaban constantemente por afuera de nuestro hogar. 

Alguna vez te aventuraste a salir más, y con voz de vértigo y cara de súplica implorabas que te ayudara a bajar del árbol al que no supiste nunca cómo trepaste. 

En tu tumba te dejé un tabaco, que espero crezca y te ayude a trepar:

que te aleje del río;
que te deje cerca del cielo; 
que te deje cerca del cerro.

Ese cerro al que te gustaba escaparte, por el que rompiste el patio que te construí; el cerro al que salías a jugar; ese cerro donde te hiciste amigo de las plantas. 

Allá, donde tus gritos agónicos me miraron y donde tus pupilas dilatadas me dijeron por última vez, que ahí te querías quedar.

martes, 9 de junio de 2026

conversaciones

Toda la historia. Sociedades enteras erectadas al espejo de tu magnanima figura; fruto de la creación, amparado en los guardianes de la vida. 
Deshecho de la destruccion, amparado en el poder divino que sobre tu ojo recae.
Muerto en vida, que al renacer das pena o lujuria.

Yo no te culpo, yo te cuido y te protejo, porque tu miserable existencia está cargada por la histérica histórica.
Yo no te culpo, porque tu divina existencia es virtud palpada en corazones brillantes y puros dentro de nuestro devenir.
Yo no te culpo, te bendigo y santifico, y soy misericorde ante tu ignorancia de qué eres y qué eres.

El culto a la personalidad te vivifica y enaltece. Pero tú no eres el sol, sino tan solo un astro diminuto que solo vive de él.
Eres conciencia divina,  y tal cual católico y/o vanguardista, por la fuerza has creído que serás más grande y noble al imponer tu doctrina a las masas en sueño que quieren despertar.

No, no y no. Ay que pena me das
No, no y no. Ay que rabia me das.

Tu existencia no escapa de los ciclos cósmicos existenciales, regidos por los ciclos cósmicos existenciales.
Tu luz solo será brillante cuando el cántaro sintonice armónicamente las semillas que ha de dejar. 
Cuando cada gota de sudor sea savia sabia y cale hasta el centro de la nada.

Hasta entonces, dignifica tu presencia, reivindica tu historia de lo que has sido que no has querido ser; de lo que eres y serás.
Desvívete pensando, que no eres nada y a la vez lo eres todo, que sobre tus hombros recae el poder divino putrefacto, y que tu tarea es sembrar terremotos y aluviones; el desconcierto de tu ser desde las entrañas ancestrales, que porfin, logren humanizarte.






(De un noviembre de 2018)

jueves, 21 de mayo de 2026

derrumbes


la voz traspasó el aire
sin que nadie se inmutara,
los pretéritos consejos
como arqueologías mal gestadas
cosmologías inconclusas
canalizaciones ordinarias,
maquinarias y engranajes
bolsas sin escrúpulos 
demoliciones de los milenios
concepciones, nacimientos
de los devoradores
de los hijos
y de los proyectos inacabados
que el aire no deja 
de nombrar

sábado, 16 de mayo de 2026

funerales

Quizá fue el paso al sedentarismo. Permanecer. Estar. Echar raíces, ser perpetuos. Quizá fue una forma de sublevación: me quedo, construyo, domestico, me apropio. Y ya sabemos, porque lo sabemos: no hay nada que dure para siempre; no hay nada que realmente nos pertenezca; no hay nada que el imperio pueda hacer contra su fin.
Que aferrarse es asumir la agonía, que los duelos existen porque existen. Que quizá los caminantes y los balseros seguían las estrellas, el movimiento, y perpetuaron sus pasos por acantilados de nubes que les hicieron llegar a las constelaciones. Quizá sabían que era imposible residir eternamente. Y por millones de años supieron caminar por el cosmos.
Que sí, que con la agricultura podíamos controlar qué comer, pero que con el paso del tiempo los cercos nos encerraron a nosotros mismos. Y las fortificaciones se volvieron celdas. Y la idea de vivir seguros se perpetuó.
Sin pasos. Sin rituales. Queriendo hacer eterno lo pasajero, perdimos la curiosidad del errante, quisimos eternizarnos en tierras que, como sabemos, no son nuestras, ni lo serán.
Y pensamos que podíamos quedarnos; hicimos lo posible por permanecer.
Pero quizá nuestro destino siempre ha sido caminar. 

domingo, 10 de mayo de 2026

escapatorias

Yo siempre me le huyo, yo siempre me le escapo. Es que yo de tanto en tanto y de andar en andar he aprendido a pisar la arena y a escuchar el silencio de los bosques, cuando no son motosierras las que irrumpen en el imaginario acústico de las ciudades. 
Digamos que he aprendido, porque si todo este tiempo de andariego ha sido en vano yo no sabría a que santo rezarle por el tiempo perdido. Pero no nos desviemos, yo le decía que yo de escurridizo ante la acechante, porque si de vivir se trata quiero acariciar por más tiempo los paisajes celestes de los días de Enero.
Río entristecido, porque se que ahora el cielo es de no-se-sabe quién y que en otroras uno podía volar sin permisos en el horizonte escamoteado por unos cuantos. Yo no les diría magos, sería mucho halago ante los usurpadores de las navidades, los ladrones del verano, los tristes dueños de los elementos incapaces de ver sus alquimias y conjuros.
Me parece bien, pueden tenerlo todo y aún así siempre les faltará. Y su voracidad -torbellinesca- acabará con el mundo y con nosotros, pero nunca podrán decir que nos tuvieron, que les regalamos los secretos elementales, que supieron qué hacer con tanto. 
Y yo de huída en huída he pensado en sucumbir a la tierra y dejar de ser la piedra en el zapato, pero, ¿qué harían ellos, acompañantes de la tierra que no pueden estar tranquilos hasta que haya tranquilidad? ¿qué harían nuestros muertos, que se levantan con el alba y nos entregan las flores de nuestros jardines? 
Yo los siento caminar. Deambulan viendo mis pisadas y yo camino mirando el suelo. El cielo quise decir, porque, tú sabes, lo de la frente en alto y que sea contra quien sea. Pero de reojo miro hacia abajo a ver si la tierra excreta un poco de sí, a ver si me hago un poco de acá.
Las piedras son filosas y a mí así me gustan, las piedras; las mujeres. Las navajas y los poemas.
Divago, sin embargo no creo que haya cosa más clara -y más difusa- que nuestro destino, que nuestro horizonte.
Porque hay que surfear las olas, porque espero la paciencia, y de la espera, que se vuelve tedio, tengo miedo de no haber cuidado bien de ellos.
Pero la cosa está así, y en el transcurso que me uno y me desintegro sigo con la terquedad de hablarles desde aquí, y escucharlos desde acá, mientras una vez más, voy huyendo, al filo de poemas inconclusos que me recuerdan, que aún me queda tiempo por andar.

miércoles, 6 de mayo de 2026

impostores

Reventó el globo e impuso a gritos su deseo de silencio.

Pero nosotros, que de parlanchines la mala fama y de callados ni la sombra; nosotros, que de tanto dicharachar, la lengua cobra vida, nos envuelve el rostro y habla por sí sola; ¿de verdad pensaron que lo iban a lograr? ¿Que de pronto íbamos a dejar de pulir el aire con las entonaciones de nuestras risas?

Siempre lo quisieron así, ¿no? desde que el grito alegórico del nacimiento quebró la atmósfera pulcra de la sala del hospital ustedes ya sabían que con nosotros no. Que el escupitajo en la cara del policía y de frente ante cualquier autoridad. Que las banderas incendiarias y sus estandartes quemados. Que el bullicio y el alboroto. Que por favor los decibeles y la paz acústica. Que la voz rebota en eco entre paredes y árboles asonantes.

Ustedes, que intentaron negar nuestra forma de nombrar y que hicieron del coa un mal chiste. Ustedes, que hicieron hipérbole de la coprolalia y terminaron siendo imitaciones dignas de las inteligencias artificiales intentando ser el arte...

Y nosotros, con léxicos propios que nunca entenderían; con la agudeza vivida de los bares y los pasajes; con la risa de funerales y los llantos de las fiestas; y ustedes, que de malmirarnos terminaron queriendo ser todo lo que somos. Ustedes, en su simulación entre papeles con gente muerta, que sí se parecen a lo que ustedes son: falsificaciones; convenciones; fingidos acuerdos.

Quédense ahí. En su sepulcro. En su alba. En su petulante ignorancia. Si total, nunca van a dejar de ser lo que son. Ya no supieron lo que fuimos. Tampoco saben lo que somos. Y nunca pero nunca lo van a saber. Y así nomás se quedan.



Ya, Shh...

viernes, 1 de mayo de 2026

inevitabilidades


                                                                A Carmen



Sabíamos que podía pasar, cariño. 

Tú nunca viste vacío el bolsillo interior de esta chaqueta de cuero, y siempre te dabas cuenta de mi obstinada forma de caminar con los ojos en la espalda. Pero una cosa es saberlo, otra muy distinta es asumir las consecuencias. 

Espero que esta carta te encuentre lejos; que no te ahogue de pena, ni te llegue manchada, y que logres entender esta letra adrenalínica que me sale entre balizas y rafagazos.
Las esquirlas han llegado a la parte superior de mi espalda y de mi brazo izquierdo. Ya empiezo a caminar tambaleante, pero creo que al menos le he dado a uno. 

Por favor cuida los libros, no dejes que descubran donde los guardamos e intenta contactar a la cúpula para que los dejen en una casa de seguridad. 

A fin de cuentas, sabíamos que podía pasar, cariño, que las celdas y los alicates en las uñas; que la tumba sin nombre o el gas abierto accidentalmente en la casa. En el mejor de los casos, construir la patria lejos y a retazos, intentando armar un collage de distancias y lejanías.

Escucho los helicópteros, son dos, y desde un orificio en el techo del cobertizo veo a los esbirros: nuestros enemigos. Están en el aire; en tanquetas; rondando de aquí para allá y de allá para acá; apostados en cada esquina, acechando entre panderetas y rejas, mientras yo espero el momento preciso para llevarme unos cuántos más conmigo.

Tú sabes que no soy de constitución valiente, que me costó decirte lo mucho que te amo y que, si en algún momento lo he llegado a ser ha sido por la vía racional. Y fue la razón y el proyecto lo que me dio el coraje para estar aquí, para quedarme y no escapar, para defender con ideas y balas, lo que con tanquetazos y torturas están intentando destruir. 

En las crónicas yo habré sido un mártir, un terrorista o un héroe; eso la historia lo determinará. Pero solo tú sabrás quién era cuando caminábamos por el parque cerca de tu casa y repetíamos mil veces la misma conversación acerca de las barricadas, las tomas y las huelgas, sin querer despedirnos.

Ahora sí toca, cariño. Me despido con pluma en mano y la Browning empuñada. Con el corazón lleno de entereza, y de ti. Y con la tranquilidad de saber que el proyecto sigue vigente, como el cariño que te guardo incluso después...

Después de que esa bala termine por habitar en el bolsillo interior de esta chaqueta burdeo, que tanto te gustaba. 









 

miércoles, 22 de abril de 2026

retornos

Llegaste con un poco de tierra y barro, desempolvándote para que te viera con la mayor de las prestancias. 

Te vi y recordé inmediatamente las vueltas y los mareos, las mañanas con el alba naciente y las tardes al lado de la estufa. La emoción fue tanta que agité las manos sin poder creer lo que estaba viendo. 

Yo te había dejado con un Tabaco, en una noche lluviosa que empapó de sangre y lágrimas el repentino ajetreo de saber que te estabas yendo, que te habías ido. De ahí que te recordé por las mañanas, en los platos vacíos, y en un rascador que, de haber estado tú, hubiese llevado tu nombre. 

Recuerdo tu último grito, la agonía, el mirarte directamente a los ojos suplicándote que te quedaras, mientras tú me dejabas con tu cuerpo frío entre mis manos. Quizá viniste porque te quedaste con mis lágrimas, con mis amuletos y con nuestras disputas silenciosas, que siempre ganaste. Quizá viniste para que te viera por última vez elegante, como con el corbatín que usabas para las fechas especiales.

En realidad, nunca sabre por qué viniste, pero te extrañaba, así que gracias por venir.

¿Será la capacidad de los muertos de volver a nuestra vida y acompañarnos sin estar?

Yo no he visto "The Walking Dead", a pesar de conocer de los zombies y de los muertos vivientes.

Y tú no te veías así. Tú te veías radiante y sereno.


Y yo sabía que estabas muerto.


Pero también sabía que estuviste aquí.

jueves, 12 de febrero de 2026

papeles

Quedarme sin papeles: ese es mi mayor miedo. 

Veo la cajetilla que me susurra una advertencia que ya entendí hace tres papeles atrás: se van acabar. Se agudizan mis miedos, mis inseguridades y mis angustias, que bien conocen los siempre quemados y nunca escritos. 

Pienso en los dos papeles que quedan, y en los cuarenta y ocho anteriores en que el humo dibujó tu nombre en el aire en cada exhalación. 

Me doy cuenta del proceso inversamente proporcional, en el cual tu recuerdo se agiganta a medida que el tabaco se desintegra y se vuelve ceniza; alfombra, en un proceso paralelo de disolución y mezclas de la materia. 

Deslizo suavemente mi dedo por el penúltimo papel y siento una tensión eléctrica que me recorre rápidamente desde el índice a la muñeca hasta que llega al codo y me envuelve en una nube de electrones y protones que me agrandan y me obligan a hacerme uno con el rayo. Siento que me elevo, hasta el punto de que cualquier Quijote me confundiría con un molino de viento cuando en realidad soy solo una gran torre de alta tensión. 

Luego de un breve análisis de los componentes necesarios para fumar, me doy cuenta de que, en realidad, sería peor quedarme sin tabaco. Pero mi afición a la botánica, a los procesos psicotrópicos y mi evidente propensión a la adicción me llevarían rápidamente al arriesgado mundo de fumar hinojo, melisa, o menta, por lo que el tabaco no es el verdadero problema. Pienso en el fuego, no poder encender este cigarro sería una condena, que solucionaría rápidamente con la lupa detectivesca que me dejaste y con la que examinabas tu fúngico mundo, y que me ayudaría a usar la luz del sol para maximizar el proceso de calor y a través del aumento paulatino de la temperatura ser el Prometeo moderno, como de niño aprendí. 

Y pienso en los papeles, en los malditos papeles, los que ardiendo escapan de mis manos. 
Los papeles, que orgullosamente saben de su importancia.
Los papeles, que saben de mis angustias, de mis miedos y mis ansiedades.
Los soberbios papeles, que se saben irremplazables, pues en ellos te escribo las palabras con las que recuerdo que no estás. Los malditos papeles, que guardan mis secretos, mis vicios, y mis oscuridades.

Los papeles, esos malditos soberbios e ignorantes que no entienden que su importancia radica en que en ellos te escribo; con ellos te pienso; y que humildemente, deberían comprender, que irremediablemente, mi mayor miedo no es perderlos a ellos, sino olvidarme de tí.

sábado, 7 de febrero de 2026

anaclaridades

Anaclara, tu locura compañera, tu locura de palomas casi halcones.

Nacida de un bastidor en un taller en Puente Alto, Lupita al ver la luz vio a sus hermanos y a sí misma y notó inmediatamente su peculiaridad: fue serigrafiada en un semitono que evidencia su superación cristiana del bien y el mal; y guarda en su ojo derecho un parche que le heredaron, de otra vida, sus ancestros piratas.
No solo el parche fue heredado, sino la rebeldía, el desapego, la búsqueda de los conflictos en altamar y el profundo deseo de expropiar, donde encuentre, los tesoros. 
Llegada su adolescencia, sufrió su primera despedida. ¿Sufrió? En absoluto. Cambió de puerto, de identidad, de familia. Y ahora, en su proceso de individuación, conquistó su nuevo y definitivo nombre: Anaclara. 

Porque sabe que lo nuevo se conquista.

De su antiguo nombre, solo le quedó el Lupus, o alguna enfermedad autoinmune -que por ahora no se sabe- pues ella entiende que es la única contrincante que puede contra ella misma. No hay, ni hubo, ni habrá, restaurante, ni pescador, ni vendedor ambulante, que se anteponga ante ella y su rebeldía.
Sabe de motines, de atentados y de huidas. En donde pisa deja huella, y las pandillas de los barrios populares donde ha vivido saben de su rudeza; de la leyenda de la jauría que no sobrevivió para contar que lo único que pudieron arrebatarle fue su oreja, cuando lo que buscaban era quitarle la bufanda rojinegra que cuida y lleva por la espalda; y los hospitales la conocen por sus constantes visitas y por el singular mapa de cicatrices que bajo sus canas esconde.
Sin embargo, su corazón es grande como sus ideas, y su ternura y hospitalidad ha sido objeto de agradecimiento de los vagos y rebeldes, con los que ha compartido humildemente los pollos congelados que ha alcanzado a robar; o a quienes ha llevado el alimento que con su carisma ha conseguido que le brinden, los diversos hogares que con sus sonrisa ha conquistado.

Anaclara, perra de altamar y de puertos, de caminatas largas y de paso sigiloso. 
Rebelde ante los malos; humilde con los buenos; Anaclara, Anaoscura, el pastor australiano y gris, que solo decidió, ser ella misma.

viernes, 30 de enero de 2026

lugubridades

Nací un día que Dios estuvo enfermo. 
De ahí que la vida se me fue yendo entre disforias y megalomanías; entre neurosis y delirios que ahora vengo a entender. Nací regido por Júpiter, y de por ahí supongo los delirios de grandeza y el querer abarcar todos los cielos. De ahí también; imagino, el emocionarme con los rayos y las caídas de los imperios.

Rememoro trazos de experiencias y caminatas,  vuelos e imaginaciones de lo que un día será. Nunca pensé que sería así. Siempre imaginé ser más grande, como Júpiter. Pero Dios estaba enfermo el día que nací. 

Ya no creo en los milagros, y estoy irremediablemente sometido a mis deseos y mis ansiedades. Pienso que es quizás mi propensión a la adicción. La repetición de los patrones. La irónica situación de vivir sin propósito. La nostalgia de los proyectos colectivos. 

El día en que nací, Dios estuvo enfermo, quizá por eso mi palidecimiento, mi inconstancia, el pulso repetitivo de la autodestrucción. La pulsión de muerte acechando a la sombra que soy. 

Pero nací un día en que el sol se hizo eterno. Nací un enero ventoso que me hizo volátil y propicié mi primera bocanada en una capital sucia que formó mis lugubridades. Pero el sol acuariano siguió brillando. Y rebosó sobre mi andar desbordando mis sombras. Cayendo. Reviviendo. Sosteniendo esta contradicción.

El día que nací el sol era brillante, y en una micro amarilla viajaba una torta desde Puente Alto a mi lugar de nacimiento, sostenida por las manos de mi abuela que me condenó desde el primer día a mi primera adicción: el azúcar. Pero no es un reproche, abuela, tus manos sostuvieron esa torta, y me sostuvieron a mí, en mis primeros acercamientos al aire, al mundo, a las golosinas de la tierra, por lo cual estaré eternamente agradecido. 

Hoy día ya son veintinueve. Como el barrio en que crecí. Como la estrella del 2009 que bajamos, y de la cuál aún recuerdo la tristeza de no poder ir al estadio en la final, cuando había ido fielmente todo el campeonato. Y de ahí entendí la ambivalencia, la importancia de los procesos, la constancia de Saturno. Los caminos difíciles, la disciplina abnegada y las injusticias de algunos procesos.

Y quizá la vida también es eso. Comprender la pequeñez, las imposibilidades, lo pasos de hormiga que no di. Aceptar la derrota, los fracasos, las victorias y los desaciertos, en el inevitable curso a la vejez, que me encuentra hoy aquí, viendo el horizonte, mientras trato de sacarme este veneno que me dejó Dios, el día que nací.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

sexto día

Ya no necesito una mesa. No espero pacientemente a que un grupo de jóvenes se decida a poner luca cada uno para partir al botánico a fumar pito. No es necesario, tómense su tiempo, conversen, muelan y enrolen en la mesa. Fumen aquí. Ya nada importa. 

Ya no necesito una mesa. Ahora voy al largo mesón que está a la espera de los atomizados como yo, que se atribulan ante el comer solitariamente y buscan en videos de youtube esa compañía que les niega este largo mesón.

Ya no necesito una mesa. Hoy día hay chupe de champiñones y conozco esos sabores que se deleitan de conocer tu paladar. 

Pobre chupe. Pobre mesa. Pobre mesón.

Maldita la melancolía que me invade cuando el apetito solo mantiene estable este organismo metabólico.

Y tú allá, en una mesa que se regocija con tu presencia tomando el café que nos tomábamos después de almorzar. 

viernes, 12 de diciembre de 2025

favores

Era una protesta habitual: saqueos, barricadas, perdigonazos y hondas estirándose en dirección contraria a los asesinos del pueblo. Asestadas y corridas; preocupaciones y victorias; concreto y sonidos de candados rompiéndose llenaban el confuso aire que se mezclaba entre maderas, publicidades y llantas quemadas. Pero ese día algo pasó. La rabia fue más. La rabia siempre es más. Y entre la escasez de los recursos y la astucia permitida nos vimos en las puertas providenciales de la catedral. Un cúmulo de iconoclastas de justa rabia, ante los estandartes de lo divino y lo sacro, que de sacro las torturas; que de divina la represión.

Las Santas Patronas, los Apóstoles, y los Siervos de Dios, en brazos de los embriagados de rebeldía que los hacían volar hasta pulverizarlos. A mí solo me bastaron tres pasos, cruzar el umbral de la catedral, verla iluminada desde el oriente y sentir que las alturas de la alta bóveda me desconectaban de la horda transgresora y su sintonía. Sentí un espasmo, la vi, y como si fuese Juan Diego abriendo su tilma, se me contrajo el pecho y supe de inmediato lo que debía hacer. Me acerqué, como quién lo hace ante una emperatriz, y rememorando en mi mente los favores concedidos, el cuidado y la protección, le prometí también cuidarla a ella, como ella a mí, en un acuerdo revalidado por la emoción y el cariño mutuo.

Raudamente puse un reclinatorio en frente y subí mientras la tomaba de la manta estrellada, con un especial cuidado la desprendí de sus aposentos acomodándole la luna que la mece, y bajé, analizando la situación con mi propósito claro: resguardarla; protegerla; preservarla.

Caminé por la iglesia, mientras veía las bancas, los cuadros y las decoraciones religiosas ir directo a las brasas, a veces en manos individuales; a veces colectivas, pero todo en una misma dirección: la barricada.
Caminé aparentando ser uno más, y lo era. Pero el fulgor y la energía destructora se habían difuminado de mi. Estaba en calma y mi mente era un sitio en blanco y sin distracciones, por lo que, cuando me gritaron:  "wenaaa compañero ahora tírala nomáaa". Yo pasé de largo, y solo intuí lo que me dijeron, cuando estaba negociando con otras personas, lejos de ahí, para que la cuidaran.

-De verdad, esto es sagrado para mí. No voy a quemarla. Cuídala por favor. 

-¿¡Qué cosa, cómo?!

Entre el balbuceo, los ruidos, la polera que se metía a la boca, la incomprensión de lo que estaba pasando, y el cálculo de los riesgos que implicaba esta acción, me moví a otro lugar. Esta vez fui más claro. Y entre negociaciones y aclaraciones, logré el resguardo prometido.

Debió haber sido raro, un manifestante vestido de la misma forma que los otros cientos, pidiéndote encarecidamente ayuda para un objeto hasta entonces inanimado.
Y ahí se me pasó. Objetivo cumplido y retrotraimiento al impulso destructor y de masas que habitaba en mí hasta ese vital deslumbramiento. Avancé por las avenidas viendo gente conmocionada y herida hasta encontrar una posición táctica favorable, y encontré en una trinchera un refugio donde darle curso a la rabia colectiva.
Entre preocupaciones y victorias, entre asestadas y corridas, entre piedrazos y perdigones, un estiramiento de honda y un posicionamiento altivo hicieron de mi pecho un espacio amplio para recibir impactos, y entre el sonido del escopetazo, la fuerza de la mano soltándose del elástico, y un empujón en el centro del esternón, supuse lo que ya sabía: otro a la colección.

Yo ya tenía alrededor de cuatro, uno en la pantorilla que había sido objeto de curaciones de matico y agua oxigenada, el cual a esas alturas ya se había encapsulado en mi gastrocnemio; otros tres, que entre ecografías mal hechas, bisturís afilados y cirugías clandestinas habían sido expulsados, dejando retazos de plomo y esquirlas de sangre en lo poco de rodilla que hasta entonces me quedaba.

Rápidamente me parapeté en unos maceteros en el suelo, bajando el cierre de mi cortavientos mientras venían compañeros a preguntarme cómo estaba. Estaba bien, pero incrédulo les mostraba que el impacto del perdigón habia golpeado en la intersección entre cierre del cortavientos, y el primer botón de la polera con cuello que llevaba ese día.
En el pecho, una marca, pero nada más.

 ¿Me había llegado el perdigón?

¿Fue mi imaginación?

¿Me habían disparado aire? pensé.

Y recordé como cinco minutos antes un adolescente me decía que no era tan grave, pero que su mamá lo iba a retar, mientras lo llevaba con un perdigón incrustado en la sien al puesto de enfermería más cercano.

Y recordé a mi madre. Que reza por mi cada vez que salgo a la calle. 

Y recordé el cerro Tepeyac. La Basílica. Las oraciones.

Y recordé el encuentro. El acuerdo. Lo sinuoso del mundo material.

Y vi a la virgen correr, conmigo en sus brazos, alejándome de esa barricada que casi se me incrusta en el pecho y dejándome a resguardo, parapetado atrás de un macetero, mientras nos agradecíamos, mutuamente, el favor concedido.

jueves, 20 de noviembre de 2025

artilugios

No se baña uno dos veces en el mismo río, ni recorre la misma feria dos veces.
Cada una tiene sus particularidades, su multiplicidad de personajes, y sus diferentes artilugios que seducen a los ávidos compulsivos que sueñan su mano perfectamente calzada del artículo que imaginan.
Sublimado el objeto de su deseo, se encarnan en una lucha despiadada por conseguirlo, aunque no se sepa qué es, ni se sepa bien contra quién es la disputa. 
Cuál águilas sus pupilas se dilatan al ver a sus presas, que esperan ser cazadas para revivir, para renacer, para reencantarse con un mundo que las desechó y espera de ellas una recompensa por ello.
No se baña uno dos veces en el mismo río, ni recorre la misma feria dos veces, pero los arquetipos que se encuentran ahí son claros: revendedores y coleccionistas, madrugadores y cazatesoros, despistados y cachureros, regateadores; pudientes; recicladores; y toda clase de oniomaníacos.
Por supuesto los hay compradores y vendedores, ambulantes y puestos fijos, asegurados y competitivos, despiadados y con conciencia de clase.
La feria nunca es la misma, ni aunque sea en la misma plaza, ni aunque sean los mismos puestos, ni aunque en el catálogo de alhajas y joyas no haya ninguna novedad, que siempre las hay. 
Hoy caminé por un parque lejano, y entre paños con montones de ropa y metales varios recordé esa plaza en la que seducía compradores, en la que regateaba por entretención, donde llegaba en bicicleta de madrugada para conseguir las prendas que cuido tanto como los valores que me heredó mi abuela. 
En los árboles no habían cotorras argentinas, en el anfiteatro del centro no estaba Don Pedro y sus seis toldos lleno de artículos estadounidenses de segunda mano y de dudosa procedencia. Tampoco estaba el viejo choro que vendía bolsos y carteras sin dejar pasar la oportunidad de tirar la ficha a la mesa. Tampoco estaba el mono y el guatón con sus "sí" como respuesta predeterminada a cualquier invitación de carácter maliciosa. Juanito no estaba tomando mate y predicando la palabra de Dios y el Colo no estaba delirando mientras gritaba sus productos.
Hoy estuve solo en ese parque, hoy no había nadie más que yo. Solo hablé con un tiuque que observó mi caminata cazadora y nostálgica mientras recolectaba, como yo, artículos para su nido. Hoy no caminé por la misma feria, ni mañana tampoco lo haré. No me bañaré en el mismo río; sin embargo, me parece raro, porque cada chapuzón se siente igual: como si estuviera caminando por mi hogar.
Y con sus presentes ausencias, hoy caminé la misma feria que pisé y recorrí hace años en otras geografías, gaste las suelas en el mismo piso terroso, y me incliné a observar las etiquetas, piquetes y quemaduras de las mismas prendas que llevo puestas, desde que hice de la feria ese lugar sacro, en el que cada objeto reciclado tiene un reflejo, un reflejo de mí, un reflejo de mí en el mismo río, un reflejo de mi en la misma feria.

jueves, 30 de octubre de 2025

magnolios

Un magnolio fosforescente ilumina esta madrugada el jardín de ideas que construí para tu vejez. 
A través del vidrio roto de la ventana se introduce a mi cerebelo y en un proceso simbiótico comienza a hacerse parte de mí. Me recuerda y se recuerda en el reflejo de las caminatas donde lo prefiguramos cuando su olor sedujo a nuestro futuro, cuando sus raíces coquetearon con nuestros restos. 
Me habla, desde mí, y añora su proceso vital de otra manera, me implora por su muerte, agobiado por no ser la idea que se tuvo de él. Sus frágiles ramas no soportan el peso de no ser lo que pudo ser. 
Y me implora renacer: renacer semilla; renacer aurora; renacer magnolio; y esta vez, iluminado bajo la memoria de haber conocido las caricias de las yemas de tus dedos, que, en algún momento, prometieron darle, la vida que siempre quiso.

sábado, 18 de octubre de 2025

café colombiano

Despierto de madrugada y decido empezar el día como debe ser: bebiendo café. 

Salgo del embrujo de las sábanas y me dispongo a bajar por las escalinatas en un ascenso inverso que, extrañamente, se hace más complejo que de costumbre. Logro mi primer cometido. Llego al salón principal, que se impregna con la luz del alba que pocas veces conociste, por tu secreto pacto con morfeo. Llego a la cocina, y a través de frutos secos, galletas y productos que guarda la alacena logro escalar a duras penas hasta el mesón principal, donde coincidentemente con mis necesidades matutinas, hay una taza de cerámica que moldeaste con tus manos, servida y esperando que llegara de mi mañanera travesía. A través de su asa logro subir con la fuerza de mis brazos, y raudamente me instalo en el borde de la taza que me muestra abiertamente su interior.

Tal como lo pensé: las clases de taseografía y de cafeomancía que tomé para entenderte son inútiles, absolutamente inútiles. Porque este café con forma de volcán no era cualquiera. Era desbordantemente disruptivo y pletóricamente rebosante. En su aroma se notaba su cultivo en las praderas liberadas de Santander; y las notas anarquistas y dulces se hacían notar luego del primer sorbo de sarcasmo agudo. Sus procesos productivos lo diferenciaban, y es que este café fue regado con las mieles producidas por las abejas reinas, que decidieron polinizar sus flores; y que hicieron de su cultivo un enjambre de colores y de revoloteos. Cultivado con caricias poéticas, su cuerpo se hizo ligero al segundo sorbo pero en lengua su plenitud le daba la consistencia de un buen verso. Aún no era conocido su punto máximo de maduración, y solo en las extrañas tierras surandinas se daban, las condiciones excepcionales que lo pudieron crear. 

Y en el borde de la taza, siento a mi cuerpo desprenderse en cámara lenta de la cerámica, en un impulso irrefrenable, inconsciente y mortal. El abismo es ardiente, y siento su sabor, las notas dulces, su levedad.

Y ya no hay vuelta atrás: he caído para siempre en el café, en mi café favorito, en ese café: tu café colombiano.

domingo, 5 de octubre de 2025

dedicatorias



Hoy, de pura suerte, en el último puesto de la feria antes de irnos a la casa, vi que había un libro que decía pulgarcito, y sabiendo que es el apodo de mi poeta favorito -Roque Dalton-, me fijé y efectivamente era un libro de él. Y más allá de lo bonito de encontrar un libro de un autor que a uno le guste -y por una luca-, al abrirlo encontré la dedicatoria anterior, y otra, una pequeña reseña del libro y un afectuoso saludo escrito por sus primeros dueños.

Ricardo y Yolanda, en el año 2002, escribieron una dedicatoria abierta para la posteridad, sabiendo que ese texto no sería eternamente suyo, que la circulación del libro en este entramado de mercancías que es el mundo es
algo fluctuable, y que en realidad, nunca se puede saber donde llegará un libro que uno tuvo. 

Me pareció fascinante. Y más allá de la emoción que me produjo esa complicidad militante e intelectual, aunque peque de individualista, lo que más me emocionó fue pensar en lo que yo quiero, que es, que todos mis libros, al momento de morir, lleven tu nombre, Natalia Andrea. 

jueves, 24 de julio de 2025

tradiciones

Quizá son tradiciones antiguas: los ritos necesarios del cuerpo; el retumbar del tambor; la necesidad de tensionar las cuerdas vocales; oír los gritos: a destiempo, al unísono; saltar y oler la algarabía; danzar y hacerse uno; mezclarse, perderse. Salir y volver a sí a través de lo orgásmico que es cruzar la línea; revoltijos; descontrol; pasión. Deshacerse; ser masa a disposición de algo mayor; sentirse parte del coro universal que periódicamente necesita el éxtasis, la locura. El motín necesario contra el calendario y la sacralidad a voluntad para con los Dioses. El bombo, el rezo, la cábala, la abundancia para las cosechas venideras y el agradecimiento por los favores concedidos. Y sí, son solo noventa, pero el cuerpo tiene memoria, una profunda memoria, que evoca el recuerdo arcaico del salto, el grito y el rayo cada vez que el susurro muta a eco y se oye un ícaro grupal, el espasmo muscular del cuerpo cuando todos dicen, gritan, cantan: gol, golazo, gol.

miércoles, 18 de junio de 2025

costumbres

Siempre lo he dicho: soy un hombre de costumbres.

Siempre pido los mismos sabores; siempre elijo los mismos caminos, siempre me despierto a la misma hora.
Son las seis de la mañana y no pude seguir durmiendo, porque adaptaste mi ciclo circadiano a esta hora. La diferencia es que ahora me despierto con tu ausencia, sin poder analizar e identificar cada una de las tácticas con las que lograbas tu objetivo.
Eras inteligente, nunca te lo dije, pero me sorprendía tu capacidad analítica en la toma de decisiones: siempre correcta, siempre acorde al momento. Como si la razón de tu infalibilidad fuese cuantitativa y no cualitativa. Como si cotidianamente estuvieses disputando esos partidos de ajedrez que jugábamos sin tablero.
Iniciabas tu acercamiento con un tanteo inicial, y una vez posicionándote en el pecho, hacías guardia como alfil en un fianchetto, a la espera de la primera flaqueza, a la espera del primer pestañeo, para, luego de tu paciente y activa guardia, pasar a la ofensiva.
Primero, un maullido, que a modo general, venía acompañado de un suave cariño con tu almohadilla metacarpiana: un pequeño roce, casi imperceptible, que lograba, en muchos casos, dar a entender tu propósito.
En caso de que esto no funcionara, la frecuencia de los maullidos podía ir subiendo de tono y de intensidad, y el pequeño roce ahora incluía garras, mordiscos, y todo ensañamiento posible para lograr tu cometido.
Aún siento esos rasguños, aún escucho esos maullidos, aún siento el suave roce de tu manita despertándome, aún me despierto a las seis de la mañana esperando a que llegues con tu táctica y tu estrategia para lograr algún día vencerte. 

Y como te dije, soy un hombre de costumbres; y contigo aprendí la costumbre del fracaso. Y contigo aprendí a amar a esta metabólica derrota. Y te lo repito, soy un hombre de costumbres: tu plato ya está servido, porque me sigues ganando, incluso cuando no son, tus pasos sigilosos, los que me despiertan.

jueves, 5 de junio de 2025

nostalgias

Escribo desde las nostalgias. Hay en mi una constante melancólica que me permite sentir mejor desde el recuerdo; que me permite soltar mi lápiz a mis memorias; que me permite pensar mejor desde el dolor. Y no es que sufra y llore irremediablemente y piense que todo tiempo pasado fue mejor. No. Mañana es mejor. Pero mañana no escribiré, porque el goce y disfrute del tiempo presente y futuro son fútiles ante esta musa que me cargo y que me exige las penas, que me pide las añoranzas, que se alimenta de mis distracciones, de mis errores, del peso de las acertadas y erradas decisiones. Y que se carga y se renueva, porque la vida sigue, porque el tiempo no para, y porque la necesidad vital de escribir necesita renacer, otra vez, en nuevas nostalgias; en nuevas penas.

niño

Siempre fuiste más del cerro, ¿no?  el río te gustaba poco, porque dejaba tu pelo apelmazado, así que decidías quedarte en el balcón a mirar...