A través del vidrio roto de la ventana se introduce a mi cerebelo y en un proceso simbiótico comienza a hacerse parte de mí. Me recuerda y se recuerda en el reflejo de las caminatas donde lo prefiguramos cuando su olor sedujo a nuestro futuro, cuando sus raíces coquetearon con nuestros restos.
Me habla, desde mí, y añora su proceso vital de otra manera, me implora por su muerte, agobiado por no ser la idea que se tuvo de él. Sus frágiles ramas no soportan el peso de no ser lo que pudo ser.
Y me implora renacer: renacer semilla; renacer aurora; renacer magnolio; y esta vez, iluminado bajo la memoria de haber conocido las caricias de las yemas de tus dedos, que, en algún momento, prometieron darle, la vida que siempre quiso.
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