Siempre pido los mismos sabores; siempre elijo los mismos caminos, siempre me despierto a la misma hora.
Son las seis de la mañana y no pude seguir durmiendo, porque adaptaste mi ciclo circadiano a esta hora. La diferencia es que ahora me despierto con tu ausencia, sin poder analizar e identificar cada una de las tácticas con las que lograbas tu objetivo.
Eras inteligente, nunca te lo dije, pero me sorprendía tu capacidad analítica en la toma de decisiones: siempre correcta, siempre acorde al momento. Como si la razón de tu infalibilidad fuese cuantitativa y no cualitativa. Como si cotidianamente estuvieses disputando esos partidos de ajedrez que jugábamos sin tablero.
Iniciabas tu acercamiento con un tanteo inicial, y una vez posicionándote en el pecho, hacías guardia como alfil en un fianchetto, a la espera de la primera flaqueza, a la espera del primer pestañeo, para, luego de tu paciente y activa guardia, pasar a la ofensiva.
Primero, un maullido, que a modo general, venía acompañado de un suave cariño con tu almohadilla metacarpiana: un pequeño roce, casi imperceptible, que lograba, en muchos casos, dar a entender tu propósito.
En caso de que esto no funcionara, la frecuencia de los maullidos podía ir subiendo de tono y de intensidad, y el pequeño roce ahora incluía garras, mordiscos, y todo ensañamiento posible para lograr tu cometido.
Aún siento esos rasguños, aún escucho esos maullidos, aún siento el suave roce de tu manita despertándome, aún me despierto a las seis de la mañana esperando a que llegues con tu táctica y tu estrategia para lograr algún día vencerte.
Y como te dije, soy un hombre de costumbres; y contigo aprendí la costumbre del fracaso. Y contigo aprendí a amar a esta metabólica derrota. Y te lo repito, soy un hombre de costumbres: tu plato ya está servido, porque me sigues ganando, incluso cuando no son, tus pasos sigilosos, los que me despiertan.
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