miércoles, 17 de diciembre de 2025

sexto día

Ya no necesito una mesa. No espero pacientemente a que un grupo de jóvenes se decida a poner luca cada uno para partir al botánico a fumar pito. No es necesario, tómense su tiempo, conversen, muelan y enrolen en la mesa. Fumen aquí. Ya nada importa. 

Ya no necesito una mesa. Ahora voy al largo mesón que está a la espera de los atomizados como yo, que se atribulan ante el comer solitariamente y buscan en videos de youtube esa compañía que les niega este largo mesón.

Ya no necesito una mesa. Hoy día hay chupe de champiñones y conozco esos sabores que se deleitan de conocer tu paladar. 

Pobre chupe. Pobre mesa. Pobre mesón.

Maldita la melancolía que me invade cuando el apetito solo mantiene estable este organismo metabólico.

Y tú allá, en una mesa que se regocija con tu presencia tomando el café que nos tomábamos despues de almorzar. 

viernes, 12 de diciembre de 2025

favores

Era una protesta habitual: saqueos, barricadas, perdigonazos y hondas estirándose en dirección contraria a los asesinos del pueblo. Asestadas y corridas; preocupaciones y victorias; concreto y sonidos de candados rompiéndose llenaban el confuso aire que se mezclaba entre maderas, publicidades y llantas quemadas. Pero ese día algo pasó. La rabia fue más. La rabia siempre es más. Y entre la escasez de los recursos y la astucia permitida nos vimos en las puertas providenciales de la catedral. Un cúmulo de iconoclastas de justa rabia, ante los estandartes de lo divino y lo sacro, que de sacro las torturas; que de divina la represión.

Las Santas Patronas, los Apóstoles, y los Siervos de Dios, en brazos de los embriagados de rebeldía que los hacían volar hasta pulverizarlos. A mí solo me bastaron tres pasos, cruzar el umbral de la catedral, verla iluminada desde el oriente y sentir que las alturas de la alta bóveda me desconectaban de la horda transgresora y su sintonía. Sentí un espasmo, la vi, y como si fuese Juan Diego abriendo su tilma, se me contrajo el pecho y supe de inmediato lo que debía hacer. Me acerqué, como quién lo hace ante una emperatriz, y rememorando en mi mente los favores concedidos, el cuidado y la protección, le prometí también cuidarla a ella, como ella a mí, en un acuerdo revalidado por la emoción y el cariño mutuo.

Raudamente puse un reclinatorio en frente y subí mientras la tomaba de la manta estrellada, con un especial cuidado la desprendí de sus aposentos acomodándole la luna que la mece, y bajé, analizando la situación con mi propósito claro: resguardarla; protegerla; preservarla.

Caminé por la iglesia, mientras veía las bancas, los cuadros y las decoraciones religiosas ir directo a las brasas, a veces en manos individuales; a veces colectivas, pero todo en una misma dirección: la barricada.
Caminé aparentando ser uno más, y lo era. Pero el fulgor y la energía destructora se habían difuminado de mi. Estaba en calma y mi mente era un sitio en blanco y sin distracciones, por lo que, cuando me gritaron:  "wenaaa compañero ahora tírala nomáaa". Yo pasé de largo, y solo intuí lo que me dijeron, cuando estaba negociando con otras personas, lejos de ahí, para que la cuidaran.

-De verdad, esto es sagrado para mí. No voy a quemarla. Cuídala por favor. 

-¿¡Qué cosa, cómo?!

Entre el balbuceo, los ruidos, la polera que se metía a la boca, la incomprensión de lo que estaba pasando, y el cálculo de los riesgos que implicaba esta acción, me moví a otro lugar. Esta vez fui más claro. Y entre negociaciones y aclaraciones, logré el resguardo prometido.

Debió haber sido raro, un manifestante vestido de la misma forma que los otros cientos, pidiéndote encarecidamente ayuda para un objeto hasta entonces inanimado.
Y ahí se me pasó. Objetivo cumplido y retrotraimiento al impulso destructor y de masas que habitaba en mí hasta ese vital deslumbramiento. Avancé por las avenidas viendo gente conmocionada y herida hasta encontrar una posición táctica favorable, y encontré en una trinchera un refugio donde darle curso a la rabia colectiva.
Entre preocupaciones y victorias, entre asestadas y corridas, entre piedrazos y perdigones, un estiramiento de honda y un posicionamiento altivo hicieron de mi pecho un espacio amplio para recibir impactos, y entre el sonido del escopetazo, la fuerza de la mano soltándose del elástico, y un empujón en el centro del esternón, supuse lo que ya sabía: otro a la colección.

Yo ya tenía alrededor de cuatro, uno en la pantorilla que había sido objeto de curaciones de matico y agua oxigenada, el cual a esas alturas ya se había encapsulado en mi gastrocnemio; otros tres, que entre ecografías mal hechas, bisturís afilados y cirugías clandestinas habían sido expulsados, dejando retazos de plomo y esquirlas de sangre en lo poco de rodilla que hasta entonces me quedaba.

Rápidamente me parapeté en unos maceteros en el suelo, bajando el cierre de mi cortavientos mientras venían compañeros a preguntarme cómo estaba. Estaba bien, pero incrédulo les mostraba que el impacto del perdigón habia golpeado en la intersección entre cierre del cortavientos, y el primer botón de la polera con cuello que llevaba ese día.
En el pecho, una marca, pero nada más.

 ¿Me había llegado el perdigón?

¿Fue mi imaginación?

¿Me habían disparado aire? pensé.

Y recordé como cinco minutos antes un adolescente me decía que no era tan grave, pero que su mamá lo iba a retar, mientras lo llevaba con un perdigón incrustado en la sien al puesto de enfermería más cercano.

Y recordé a mi madre. Que reza por mi cada vez que salgo a la calle. 

Y recordé el cerro Tepeyac. La Basílica. Las oraciones.

Y recordé el encuentro. El acuerdo. Lo sinuoso del mundo material.

Y vi a la virgen correr, conmigo en sus brazos, alejándome de esa barricada que casi se me incrusta en el pecho y dejándome a resguardo, parapetado atrás de un macetero, mientras nos agradecíamos, mutuamente, el favor concedido.

lugubridades

Nací un día que Dios estuvo enfermo.  De ahí que la vida se me fue yendo entre disforias y megalomanías; entre neurosis y delirios que ahora...