No se baña uno dos veces en el mismo río, ni recorre la misma feria dos veces.
Cada una tiene sus particularidades, su multiplicidad de personajes, y sus diferentes artilugios que seducen a los ávidos compulsivos que sueñan su mano perfectamente calzada del artículo que imaginan.
Sublimado el objeto de su deseo, se encarnan en una lucha despiadada por conseguirlo, aunque no se sepa qué es, ni se sepa bien contra quién es la disputa.
Cuál águilas sus pupilas se dilatan al ver a sus presas, que esperan ser cazadas para revivir, para renacer, para reencantarse con un mundo que las desechó y espera de ellas una recompensa por ello.
No se baña uno dos veces en el mismo río, ni recorre la misma feria dos veces, pero los arquetipos que se encuentran ahí son claros: revendedores y coleccionistas, madrugadores y cazatesoros, despistados y cachureros, regateadores; pudientes; recicladores; y toda clase de oniomaníacos.
Por supuesto los hay compradores y vendedores, ambulantes y puestos fijos, asegurados y competitivos, despiadados y con conciencia de clase.
La feria nunca es la misma, ni aunque sea en la misma plaza, ni aunque sean los mismos puestos, ni aunque en el catálogo de alhajas y joyas no haya ninguna novedad, que siempre las hay.
Hoy caminé por un parque lejano, y entre paños con montones de ropa y metales varios recordé esa plaza en la que seducía compradores, en la que regateaba por entretención, donde llegaba en bicicleta de madrugada para conseguir las prendas que cuido tanto como los valores que me heredó mi abuela.
En los árboles no habían cotorras argentinas, en el anfiteatro del centro no estaba Don Pedro y sus seis toldos lleno de artículos estadounidenses de segunda mano y de dudosa procedencia. Tampoco estaba el viejo choro que vendía bolsos y carteras sin dejar pasar la oportunidad de tirar la ficha a la mesa. Tampoco estaba el mono y el guatón con sus "sí" como respuesta predeterminada a cualquier invitación de carácter maliciosa. Juanito no estaba tomando mate y predicando la palabra de Dios y el Colo no estaba delirando mientras gritaba sus productos.
Hoy estuve solo en ese parque, hoy no había nadie más que yo. Solo hablé con un tiuque que observó mi caminata cazadora y nostálgica mientras recolectaba, como yo, artículos para su nido. Hoy no caminé por la misma feria, ni mañana tampoco lo haré. No me bañaré en el mismo río; sin embargo, me parece raro, porque cada chapuzón se siente igual: como si estuviera caminando por mi hogar.
Y con sus presentes ausencias, hoy caminé la misma feria que pisé y recorrí hace años en otras geografías, gaste las suelas en el mismo piso terroso, y me incliné a observar las etiquetas, piquetes y quemaduras de las mismas prendas que llevo puestas, desde que hice de la feria ese lugar sacro, en el que cada objeto reciclado tiene un reflejo, un reflejo de mí, un reflejo de mí en el mismo río, un reflejo de mi en la misma feria.
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