Hoy, de pura suerte, en el último puesto de la feria antes de irnos a la casa, vi que había un libro que decía pulgarcito, y sabiendo que es el apodo de mi poeta favorito -Roque Dalton-, me fijé y efectivamente era un libro de él. Y más allá de lo bonito de encontrar un libro de un autor que a uno le guste -y por una luca-, al abrirlo encontré la dedicatoria anterior, y otra, una pequeña reseña del libro y un afectuoso saludo escrito por sus primeros dueños.
Ricardo y Yolanda, en el año 2002, escribieron una dedicatoria abierta para la posteridad, sabiendo que ese texto no sería eternamente suyo, que la circulación del libro en este entramado de mercancías que es el mundo es
algo fluctuable, y que en realidad, nunca se puede saber donde llegará un libro que uno tuvo.
Me pareció fascinante. Y más allá de la emoción que me produjo esa complicidad militante e intelectual, aunque peque de individualista, lo que más me emocionó fue pensar en lo que yo quiero, que es, que todos mis libros, al momento de morir, lleven tu nombre, Natalia Andrea.
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