Veo la cajetilla que me susurra una advertencia que ya entendí hace tres papeles atrás: se van acabar. Se agudizan mis miedos, mis inseguridades y mis angustias, que bien conocen los siempre quemados y nunca escritos.
Pienso en los dos papeles que quedan, y en los cuarenta y ocho anteriores en que el humo dibujó tu nombre en el aire en cada exhalación.
Me doy cuenta del proceso inversamente proporcional, en el cual tu recuerdo se agiganta a medida que el tabaco se desintegra y se vuelve ceniza; alfombra, en un proceso paralelo de disolución y mezclas de la materia.
Deslizo suavemente mi dedo por el penúltimo papel y siento una tensión eléctrica que me recorre rápidamente desde el índice a la muñeca hasta que llega al codo y me envuelve en una nube de electrones y protones que me agrandan y me obligan a hacerme uno con el rayo. Siento que me elevo, hasta el punto de que cualquier Quijote me confundiría con un molino de viento cuando en realidad soy solo una gran torre de alta tensión.
Luego de un breve análisis de los componentes necesarios para fumar, me doy cuenta de que, en realidad, sería peor quedarme sin tabaco. Pero mi afición a la botánica, a los procesos psicotrópicos y mi evidente propensión a la adicción me llevarían rápidamente al arriesgado mundo de fumar hinojo, melisa, o menta, por lo que el tabaco no es el verdadero problema. Pienso en el fuego, no poder encender este cigarro sería una condena, que solucionaría rapidamente con la lupa detectivesca que me dejaste y con la que examinabas tu fúngico mundo, y que me ayudaría a usar la luz del sol para maximizar el proceso de calor y a través del aumento paulatino de la temperatura ser el Prometeo moderno, como de niño aprendí.
Y pienso en los papeles, en los malditos papeles, los que ardiendo, escapan de mis manos. Los papeles, que orgullosamente saben de su importancia. Los papeles, que saben de mis angustias, de mis miedos y mis ansiedades. Los soberbios papeles, que se saben irremplazables, pues en ellos te escribo las palabras con las que recuerdo que no estás. Los malditos papeles, que guardan mis secretos, mis vicios, y mis oscuridades. Los papeles, esos malditos soberbios e ignorantes que no entienden que su importancia radica en que en ellos te escribo; con ellos te pienso; y que humildemente, deberían comprender, que irremediablemente, mi mayor miedo no es perderlos a ellos, sino olvidarme de tí.
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