domingo, 10 de mayo de 2026

escapatorias

Yo siempre me le huyo, yo siempre me le escapo. Es que yo de tanto en tanto y de andar en andar he aprendido a pisar la arena y a escuchar el silencio de los bosques, cuando no son motosierras las que irrumpen en el imaginario acústico de las ciudades. 
Digamos que he aprendido, porque si todo este tiempo de andariego ha sido en vano yo no sabría a que santo rezarle por el tiempo perdido. Pero no nos desviemos, yo le decía que yo de escurridizo ante la acechante, porque si de vivir se trata quiero acariciar por más tiempo los paisajes celestes de los días de Enero.
Río entristecido, porque se que ahora el cielo es de no-se-sabe quién y que en otroras uno podía volar sin permisos en el horizonte escamoteado por unos cuantos. Yo no les diría magos, sería mucho halago ante los usurpadores de las navidades, los ladrones del verano, los tristes dueños de los elementos incapaces de ver sus alquimias y conjuros.
Me parece bien, pueden tenerlo todo y aún así siempre les faltará. Y su voracidad -torbellinesca- acabará con el mundo y con nosotros, pero nunca podrán decir que nos tuvieron, que les regalamos los secretos elementales, que supieron qué hacer con tanto. 
Y yo de huída en huída he pensado en sucumbir a la tierra y dejar de ser la piedra en el zapato, pero, ¿qué harían ellos, acompañantes de la tierra que no pueden estar tranquilos hasta que haya tranquilidad? ¿qué harían nuestros muertos, que se levantan con el alba y nos entregan las flores de nuestros jardines? 
Yo los siento caminar. Deambulan viendo mis pisadas y yo camino mirando el suelo. El cielo quise decir, porque, tú sabes, lo de la frente en alto y que sea contra quien sea. Pero de reojo miro hacia abajo a ver si la tierra excreta un poco de sí, a ver si me hago un poco de acá.
Las piedras son filosas y a mí así me gustan, las piedras; las mujeres. Las navajas y los poemas.
Divago, sin embargo no creo que haya cosa más clara -y más difusa- que nuestro destino, que nuestro horizonte.
Porque hay que surfear las olas, porque espero la paciencia, y de la espera, que se vuelve tedio, tengo miedo de no haber cuidado bien de ellos.
Pero la cosa está así, y en el transcurso que me uno y me desintegro sigo con la terquedad de hablarles desde aquí, y escucharlos desde acá, mientras una vez más, voy huyendo, al filo de poemas inconclusos que me recuerdan, que aún me queda tiempo por andar.

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