jueves, 21 de mayo de 2026

derrumbes


la voz traspasó el aire
sin que nadie se inmutara,
los pretéritos consejos
como arqueologías mal gestadas
cosmologías inconclusas
canalizaciones ordinarias,
maquinarias y engranajes
bolsas sin escrúpulos 
demoliciones de los milenios
concepciones, nacimientos
de los devoradores
de los hijos
y de los proyectos inacabados
que el aire no deja 
de nombrar

sábado, 16 de mayo de 2026

funerales

Quizá fue el paso al sedentarismo. Permanecer. Estar. Echar raíces, ser perpetuos. Quizá fue una forma de sublevación: me quedo, construyo, domestico, me apropio. Y ya sabemos, porque lo sabemos: no hay nada que dure para siempre; no hay nada que realmente nos pertenezca; no hay nada que el imperio pueda hacer contra su fin.
Que aferrarse es asumir la agonía, que los duelos existen porque existen. Que quizá los caminantes y los balseros seguían las estrellas, el movimiento, y perpetuaron sus pasos por acantilados de nubes que les hicieron llegar a las constelaciones. Quizá sabían que era imposible residir eternamente. Y por millones de años supieron caminar por el cosmos.
Que sí, que con la agricultura podíamos controlar qué comer, pero que con el paso del tiempo los cercos nos encerraron a nosotros mismos. Y las fortificaciones se volvieron celdas. Y la idea de vivir seguros se perpetuó.
Sin pasos. Sin rituales. Queriendo hacer eterno lo pasajero, perdimos la curiosidad del errante, quisimos eternizarnos en tierras que, como sabemos, no son nuestras, ni lo serán.
Y pensamos que podíamos quedarnos; hicimos lo posible por permanecer.
Pero quizá nuestro destino siempre ha sido caminar. 

domingo, 10 de mayo de 2026

escapatorias

Yo siempre me le huyo, yo siempre me le escapo. Es que yo de tanto en tanto y de andar en andar he aprendido a pisar la arena y a escuchar el silencio de los bosques, cuando no son motosierras las que irrumpen en el imaginario acústico de las ciudades. 
Digamos que he aprendido, porque si todo este tiempo de andariego ha sido en vano yo no sabría a que santo rezarle por el tiempo perdido. Pero no nos desviemos, yo le decía que yo de escurridizo ante la acechante, porque si de vivir se trata quiero acariciar por más tiempo los paisajes celestes de los días de Enero.
Río entristecido, porque se que ahora el cielo es de no-se-sabe quién y que en otroras uno podía volar sin permisos en el horizonte escamoteado por unos cuantos. Yo no les diría magos, sería mucho halago ante los usurpadores de las navidades, los ladrones del verano, los tristes dueños de los elementos incapaces de ver sus alquimias y conjuros.
Me parece bien, pueden tenerlo todo y aún así siempre les faltará. Y su voracidad -torbellinesca- acabará con el mundo y con nosotros, pero nunca podrán decir que nos tuvieron, que les regalamos los secretos elementales, que supieron qué hacer con tanto. 
Y yo de huída en huída he pensado en sucumbir a la tierra y dejar de ser la piedra en el zapato, pero, ¿qué harían ellos, acompañantes de la tierra que no pueden estar tranquilos hasta que haya tranquilidad? ¿qué harían nuestros muertos, que se levantan con el alba y nos entregan las flores de nuestros jardines? 
Yo los siento caminar. Deambulan viendo mis pisadas y yo camino mirando el suelo. El cielo quise decir, porque, tú sabes, lo de la frente en alto y que sea contra quien sea. Pero de reojo miro hacia abajo a ver si la tierra excreta un poco de sí, a ver si me hago un poco de acá.
Las piedras son filosas y a mí así me gustan, las piedras; las mujeres. Las navajas y los poemas.
Divago, sin embargo no creo que haya cosa más clara -y más difusa- que nuestro destino, que nuestro horizonte.
Porque hay que surfear las olas, porque espero la paciencia, y de la espera, que se vuelve tedio, tengo miedo de no haber cuidado bien de ellos.
Pero la cosa está así, y en el transcurso que me uno y me desintegro sigo con la terquedad de hablarles desde aquí, y escucharlos desde acá, mientras una vez más, voy huyendo, al filo de poemas inconclusos que me recuerdan, que aún me queda tiempo por andar.

miércoles, 6 de mayo de 2026

impostores

Reventó el globo e impuso a gritos su deseo de silencio.

Pero nosotros, que de parlanchines la mala fama y de callados ni la sombra; nosotros, que de tanto dicharachar, la lengua cobra vida, nos envuelve el rostro y habla por sí sola; ¿de verdad pensaron que lo iban a lograr? ¿Que de pronto íbamos a dejar de pulir el aire con las entonaciones de nuestras risas?

Siempre lo quisieron así, ¿no? desde que el grito alegórico del nacimiento quebró la atmósfera pulcra de la sala del hospital ustedes ya sabían que con nosotros no. Que el escupitajo en la cara del policía y de frente ante cualquier autoridad. Que las banderas incendiarias y sus estandartes quemados. Que el bullicio y el alboroto. Que por favor los decibeles y la paz acústica. Que la voz rebota en eco entre paredes y árboles asonantes.

Ustedes, que intentaron negar nuestra forma de nombrar y que hicieron del coa un mal chiste. Ustedes, que hicieron hipérbole de la coprolalia y terminaron siendo imitaciones dignas de las inteligencias artificiales intentando ser el arte...

Y nosotros, con léxicos propios que nunca entenderían; con la agudeza vivida de los bares y los pasajes; con la risa de funerales y los llantos de las fiestas; y ustedes, que de malmirarnos terminaron queriendo ser todo lo que somos. Ustedes, en su simulación entre papeles con gente muerta, que sí se parecen a lo que ustedes son: falsificaciones; convenciones; fingidos acuerdos.

Quédense ahí. En su sepulcro. En su alba. En su petulante ignorancia. Si total, nunca van a dejar de ser lo que son. Ya no supieron lo que fuimos. Tampoco saben lo que somos. Y nunca pero nunca lo van a saber. Y así nomás se quedan.



Ya, Shh...

viernes, 1 de mayo de 2026

inevitabilidades


                                                                A Carmen



Sabíamos que podía pasar, cariño. 

Tú nunca viste vacío el bolsillo interior de esta chaqueta de cuero, y siempre te dabas cuenta de mi obstinada forma de caminar con los ojos en la espalda. Pero una cosa es saberlo, otra muy distinta es asumir las consecuencias. 

Espero que esta carta te encuentre lejos; que no te ahogue de pena, ni te llegue manchada, y que logres entender esta letra adrenalínica que me sale entre balizas y rafagazos.
Las esquirlas han llegado a la parte superior de mi espalda y de mi brazo izquierdo. Ya empiezo a caminar tambaleante, pero creo que al menos le he dado a uno. 

Por favor cuida los libros, no dejes que descubran donde los guardamos e intenta contactar a la cúpula para que los dejen en una casa de seguridad. 

A fin de cuentas, sabíamos que podía pasar, cariño, que las celdas y los alicates en las uñas; que la tumba sin nombre o el gas abierto accidentalmente en la casa. En el mejor de los casos, construir la patria lejos y a retazos, intentando armar un collage de distancias y lejanías.

Escucho los helicópteros, son dos, y desde un orificio en el techo del cobertizo veo a los esbirros: nuestros enemigos. Están en el aire; en tanquetas; rondando de aquí para allá y de allá para acá; apostados en cada esquina, acechando entre panderetas y rejas, mientras yo espero el momento preciso para llevarme unos cuántos más conmigo.

Tú sabes que no soy de constitución valiente, que me costó decirte lo mucho que te amo y que, si en algún momento lo he llegado a ser ha sido por la vía racional. Y fue la razón y el proyecto lo que me dio el coraje para estar aquí, para quedarme y no escapar, para defender con ideas y balas, lo que con tanquetazos y torturas están intentando destruir. 

En las crónicas yo habré sido un mártir, un terrorista o un héroe; eso la historia lo determinará. Pero solo tú sabrás quién era cuando caminábamos por el parque cerca de tu casa y repetíamos mil veces la misma conversación acerca de las barricadas, las tomas y las huelgas, sin querer despedirnos.

Ahora sí toca, cariño. Me despido con pluma en mano y la Browning empuñada. Con el corazón lleno de entereza, y de ti. Y con la tranquilidad de saber que el proyecto sigue vigente, como el cariño que te guardo incluso después...

Después de que esa bala termine por habitar en el bolsillo interior de esta chaqueta burdeo, que tanto te gustaba. 









 

Siempre fuiste más del cerro, ¿no?  el río te gustaba poco, porque dejaba tu pelo apelmazado, asique decidías quedarte en el balcón a mirar ...