Toda la historia. Sociedades enteras erectadas al espejo de tu magnanima figura; fruto de la creación, amparado en los guardianes de la vida.
Deshecho de la destruccion, amparado en el poder divino que sobre tu ojo recae.
Muerto en vida, que al renacer das pena o lujuria.
Yo no te culpo, yo te cuido y te protejo, porque tu miserable existencia está cargada por la histérica histórica.
Yo no te culpo, porque tu divina existencia es virtud palpada en corazones brillantes y puros dentro de nuestro devenir.
Yo no te culpo, te bendigo y santifico, y soy misericorde ante tu ignorancia de qué eres y qué eres.
El culto a la personalidad te vivifica y enaltece. Pero tú no eres el sol, sino tan solo un astro diminuto que solo vive de él.
Eres conciencia divina, y tal cual católico y/o vanguardista, por la fuerza has creído que serás más grande y noble al imponer tu doctrina a las masas en sueño que quieren despertar.
No, no y no. Ay que pena me das
No, no y no. Ay que rabia me das.
Tu existencia no escapa de los ciclos cósmicos existenciales, regidos por los ciclos cósmicos existenciales.
Tu luz solo será brillante cuando el cántaro sintonice armónicamente las semillas que ha de dejar.
Cuando cada gota de sudor sea savia sabia y cale hasta el centro de la nada.
Hasta entonces, dignifica tu presencia, reivindica tu historia de lo que has sido que no has querido ser; de lo que eres y serás.
Desvívete pensando, que no eres nada y a la vez lo eres todo, que sobre tus hombros recae el poder divino putrefacto, y que tu tarea es sembrar terremotos y aluviones; el desconcierto de tu ser desde las entrañas ancestrales, que porfin, logren humanizarte.
(De un noviembre de 2018)