jueves, 20 de noviembre de 2025

artilugios

No se baña uno dos veces en el mismo río, ni recorre la misma feria dos veces.
Cada una tiene sus particularidades, su multiplicidad de personajes, y sus diferentes artilugios que seducen a los ávidos compulsivos que sueñan su mano perfectamente calzada del artículo que imaginan.
Sublimado el objeto de su deseo, se encarnan en una lucha despiadada por conseguirlo, aunque no se sepa qué es, ni se sepa bien contra quién es la disputa. 
Cuál águilas sus pupilas se dilatan al ver a sus presas, que esperan ser cazadas para revivir, para renacer, para reencantarse con un mundo que las desechó y espera de ellas una recompensa por ello.
No se baña uno dos veces en el mismo río, ni recorre la misma feria dos veces, pero los arquetipos que se encuentran ahí son claros: revendedores y coleccionistas, madrugadores y cazatesoros, despistados y cachureros, regateadores; pudientes; recicladores; y toda clase de oniomaníacos.
Por supuesto los hay compradores y vendedores, ambulantes y puestos fijos, asegurados y competitivos, despiadados y con conciencia de clase.
La feria nunca es la misma, ni aunque sea en la misma plaza, ni aunque sean los mismos puestos, ni aunque en el catálogo de alhajas y joyas no haya ninguna novedad, que siempre las hay. 
Hoy caminé por un parque lejano, y entre paños con montones de ropa y metales varios recordé esa plaza en la que seducía compradores, en la que regateaba por entretención, donde llegaba en bicicleta de madrugada para conseguir las prendas que cuido tanto como los valores que me heredó mi abuela. 
En los árboles no habían cotorras argentinas, en el anfiteatro del centro no estaba Don Pedro y sus seis toldos lleno de artículos estadounidenses de segunda mano y de dudosa procedencia. Tampoco estaba el viejo choro que vendía bolsos y carteras sin dejar pasar la oportunidad de tirar la ficha a la mesa. Tampoco estaba el mono y el guatón con sus "sí" como respuesta predeterminada a cualquier invitación de carácter maliciosa. Juanito no estaba tomando mate y predicando la palabra de Dios y el Colo no estaba delirando mientras gritaba sus productos.
Hoy estuve solo en ese parque, hoy no había nadie más que yo. Solo hablé con un tiuque que observó mi caminata cazadora y nostálgica mientras recolectaba, como yo, artículos para su nido. Hoy no caminé por la misma feria, ni mañana tampoco lo haré. No me bañaré en el mismo río; sin embargo, me parece raro, porque cada chapuzón se siente igual: como si estuviera caminando por mi hogar.
Y con sus presentes ausencias, hoy caminé la misma feria que pisé y recorrí hace años en otras geografías, gaste las suelas en el mismo piso terroso, y me incliné a observar las etiquetas, piquetes y quemaduras de las mismas prendas que llevo puestas, desde que hice de la feria ese lugar sacro, en el que cada objeto reciclado tiene un reflejo, un reflejo de mí, un reflejo de mí en el mismo río, un reflejo de mi en la misma feria.

jueves, 30 de octubre de 2025

magnolios

Un magnolio fosforescente ilumina esta madrugada el jardín de ideas que construí para tu vejez. 
A través del vidrio roto de la ventana se introduce a mi cerebelo y en un proceso simbiótico comienza a hacerse parte de mí. Me recuerda y se recuerda en el reflejo de las caminatas donde lo prefiguramos cuando su olor sedujo a nuestro futuro, cuando sus raíces coquetearon con nuestros restos. 
Me habla, desde mí, y añora su proceso vital de otra manera, me implora por su muerte, agobiado por no ser la idea que se tuvo de él. Sus frágiles ramas no soportan el peso de no ser lo que pudo ser. 
Y me implora renacer: renacer semilla; renacer aurora; renacer magnolio; y esta vez, iluminado bajo la memoria de haber conocido las caricias de las yemas de tus dedos, que, en algún momento, prometieron darle, la vida que siempre quiso.

sábado, 18 de octubre de 2025

café colombiano

Despierto de madrugada y decido empezar el día como debe ser: bebiendo café. 

Salgo del embrujo de las sábanas y me dispongo a bajar por las escalinatas en un ascenso inverso que, extrañamente, se hace más complejo que de costumbre. Logro mi primer cometido. Llego al salón principal, que se impregna con la luz del alba que pocas veces conociste, por tu secreto pacto con morfeo. Llego a la cocina, y a través de frutos secos, galletas y productos que guarda la alacena logro escalar a duras penas hasta el mesón principal, donde coincidentemente con mis necesidades matutinas, hay una taza de cerámica que moldeaste con tus manos, servida y esperando que llegara de mi mañanera travesía. A través de su asa logro subir con la fuerza de mis brazos, y raudamente me instalo en el borde de la taza que me muestra abiertamente su interior.

Tal como lo pensé: las clases de taseografía y de cafeomancía que tomé para entenderte son inútiles, absolutamente inútiles. Porque este café con forma de volcán no era cualquiera. Era desbordantemente disruptivo y pletóricamente rebosante. En su aroma se notaba su cultivo en las praderas liberadas de Santander; y las notas anarquistas y dulces se hacían notar luego del primer sorbo de sarcasmo agudo. Sus procesos productivos lo diferenciaban, y es que este café fue regado con las mieles producidas por las abejas reinas, que decidieron polinizar sus flores; y que hicieron de su cultivo un enjambre de colores y de revoloteos. Cultivado con caricias poéticas, su cuerpo se hizo ligero al segundo sorbo pero en lengua su plenitud le daba la consistencia de un buen verso. Aún no era conocido su punto máximo de maduración, y solo en las extrañas tierras surandinas se daban, las condiciones excepcionales que lo pudieron crear. 

Y en el borde de la taza, siento a mi cuerpo desprenderse en cámara lenta de la cerámica, en un impulso irrefrenable, inconsciente y mortal. El abismo es ardiente, y siento su sabor, las notas dulces, su levedad.

Y ya no hay vuelta atrás: he caído para siempre en el café, en mi café favorito, en ese café: tu café colombiano.

domingo, 5 de octubre de 2025

dedicatorias



Hoy, de pura suerte, en el último puesto de la feria antes de irnos a la casa, vi que había un libro que decía pulgarcito, y sabiendo que es el apodo de mi poeta favorito -Roque Dalton-, me fijé y efectivamente era un libro de él. Y más allá de lo bonito de encontrar un libro de un autor que a uno le guste -y por una luca-, al abrirlo encontré la dedicatoria anterior, y otra, una pequeña reseña del libro y un afectuoso saludo escrito por sus primeros dueños.

Ricardo y Yolanda, en el año 2002, escribieron una dedicatoria abierta para la posteridad, sabiendo que ese texto no sería eternamente suyo, que la circulación del libro en este entramado de mercancías que es el mundo es
algo fluctuable, y que en realidad, nunca se puede saber donde llegará un libro que uno tuvo. 

Me pareció fascinante. Y más allá de la emoción que me produjo esa complicidad militante e intelectual, aunque peque de individualista, lo que más me emocionó fue pensar en lo que yo quiero, que es, que todos mis libros, al momento de morir, lleven tu nombre, Natalia Andrea. 

jueves, 24 de julio de 2025

tradiciones

Quizá son tradiciones antiguas: los ritos necesarios del cuerpo; el retumbar del tambor; la necesidad de tensionar las cuerdas vocales; oír los gritos: a destiempo, al unísono; saltar y oler la algarabía; danzar y hacerse uno; mezclarse, perderse. Salir y volver a sí a través de lo orgásmico que es cruzar la línea; revoltijos; descontrol; pasión. Deshacerse; ser masa a disposición de algo mayor; sentirse parte del coro universal que periódicamente necesita el éxtasis, la locura. El motín necesario contra el calendario y la sacralidad a voluntad para con los Dioses. El bombo, el rezo, la cábala, la abundancia para las cosechas venideras y el agradecimiento por los favores concedidos. Y sí, son solo noventa, pero el cuerpo tiene memoria, una profunda memoria, que evoca el recuerdo arcaico del salto, el grito y el rayo cada vez que el susurro muta a eco y se oye un ícaro grupal, el espasmo muscular del cuerpo cuando todos dicen, gritan, cantan: gol, golazo, gol.

miércoles, 18 de junio de 2025

costumbres

Siempre lo he dicho: soy un hombre de costumbres.

Siempre pido los mismos sabores; siempre elijo los mismos caminos, siempre me despierto a la misma hora.
Son las seis de la mañana y no pude seguir durmiendo, porque adaptaste mi ciclo circadiano a esta hora. La diferencia es que ahora me despierto con tu ausencia, sin poder analizar e identificar cada una de las tácticas con las que lograbas tu objetivo.
Eras inteligente, nunca te lo dije, pero me sorprendía tu capacidad analítica en la toma de decisiones: siempre correcta, siempre acorde al momento. Como si la razón de tu infalibilidad fuese cuantitativa y no cualitativa. Como si cotidianamente estuvieses disputando esos partidos de ajedrez que jugábamos sin tablero.
Iniciabas tu acercamiento con un tanteo inicial, y una vez posicionándote en el pecho, hacías guardia como alfil en un fianchetto, a la espera de la primera flaqueza, a la espera del primer pestañeo, para, luego de tu paciente y activa guardia, pasar a la ofensiva.
Primero, un maullido, que a modo general, venía acompañado de un suave cariño con tu almohadilla metacarpiana: un pequeño roce, casi imperceptible, que lograba, en muchos casos, dar a entender tu propósito.
En caso de que esto no funcionara, la frecuencia de los maullidos podía ir subiendo de tono y de intensidad, y el pequeño roce ahora incluía garras, mordiscos, y todo ensañamiento posible para lograr tu cometido.
Aún siento esos rasguños, aún escucho esos maullidos, aún siento el suave roce de tu manita despertándome, aún me despierto a las seis de la mañana esperando a que llegues con tu táctica y tu estrategia para lograr algún día vencerte. 

Y como te dije, soy un hombre de costumbres; y contigo aprendí la costumbre del fracaso. Y contigo aprendí a amar a esta metabólica derrota. Y te lo repito, soy un hombre de costumbres: tu plato ya está servido, porque me sigues ganando, incluso cuando no son, tus pasos sigilosos, los que me despiertan.

jueves, 5 de junio de 2025

nostalgias

Escribo desde las nostalgias. Hay en mi una constante melancólica que me permite sentir mejor desde el recuerdo; que me permite soltar mi lápiz a mis memorias; que me permite pensar mejor desde el dolor. Y no es que sufra y llore irremediablemente y piense que todo tiempo pasado fue mejor. No. Mañana es mejor. Pero mañana no escribiré, porque el goce y disfrute del tiempo presente y futuro son fútiles ante esta musa que me cargo y que me exige las penas, que me pide las añoranzas, que se alimenta de mis distracciones, de mis errores, del peso de las acertadas y erradas decisiones. Y que se carga y se renueva, porque la vida sigue, porque el tiempo no para, y porque la necesidad vital de escribir necesita renacer, otra vez, en nuevas nostalgias; en nuevas penas.

niño

Siempre fuiste más del cerro, ¿no?  el río te gustaba poco, porque dejaba tu pelo apelmazado, así que decidías quedarte en el balcón a mirar...