viernes, 30 de enero de 2026

lugubridades

Nací un día que Dios estuvo enfermo. 
De ahí que la vida se me fue yendo entre disforias y megalomanías; entre neurosis y delirios que ahora vengo a entender. Nací regido por Júpiter, y de por ahí supongo los delirios de grandeza y el querer abarcar todos los cielos. De ahí también; imagino, el emocionarme con los rayos y las caídas de los imperios.

Rememoro trazos de experiencias y caminatas,  vuelos e imaginaciones de lo que un día será. Nunca pensé que sería así. Siempre imaginé ser más grande, como Júpiter. Pero Dios estaba enfermo el día que nací. 

Ya no creo en los milagros, y estoy irremediablemente sometido a mis deseos y mis ansiedades. Pienso que es quizás mi propensión a la adicción. La repetición de los patrones. La irónica situación de vivir sin propósito. La nostalgia de los proyectos colectivos. 

El día en que nací, Dios estuvo enfermo, quizá por eso mi palidecimiento, mi inconstancia, el pulso repetitivo de la autodestrucción. La pulsión de muerte acechando a la sombra que soy. 

Pero nací un día en que el sol se hizo eterno. Nací un enero ventoso que me hizo volátil y propicié mi primera bocanada en una capital sucia que formó mis lugubridades. Pero el sol acuariano siguió brillando. Y rebosó sobre mi andar desbordando mis sombras. Cayendo. Reviviendo. Sosteniendo esta contradicción.

El día que nací el sol era brillante, y en una micro amarilla viajaba una torta desde Puente Alto a mi lugar de nacimiento, sostenida por las manos de mi abuela que me condenó desde el primer día a mi primera adicción: el azúcar. Pero no es un reproche, abuela, tus manos sostuvieron esa torta, y me sostuvieron a mí, en mis primeros acercamientos al aire, al mundo, a las golosinas de la tierra, por lo cual estaré eternamente agradecido. 

Hoy día ya son veintinueve. Como el barrio en que crecí. Como la estrella del 2009 que bajamos, y de la cuál aún recuerdo la tristeza de no poder ir al estadio en la final, cuando había ido fielmente todo el campeonato. Y de ahí entendí la ambivalencia, la importancia de los procesos, la constancia de Saturno. Los caminos difíciles, la disciplina abnegada y las injusticias de algunos procesos.

Y quizá la vida también es eso. Comprender la pequeñez, las imposibilidades, lo pasos de hormiga que no di. Aceptar la derrota, los fracasos, las victorias y los desaciertos, en el inevitable curso a la vejez, que me encuentra hoy aquí, viendo el horizonte, mientras trato de sacarme este veneno que me dejó Dios, el día que nací.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

sexto día

Ya no necesito una mesa. No espero pacientemente a que un grupo de jóvenes se decida a poner luca cada uno para partir al botánico a fumar pito. No es necesario, tómense su tiempo, conversen, muelan y enrolen en la mesa. Fumen aquí. Ya nada importa. 

Ya no necesito una mesa. Ahora voy al largo mesón que está a la espera de los atomizados como yo, que se atribulan ante el comer solitariamente y buscan en videos de youtube esa compañía que les niega este largo mesón.

Ya no necesito una mesa. Hoy día hay chupe de champiñones y conozco esos sabores que se deleitan de conocer tu paladar. 

Pobre chupe. Pobre mesa. Pobre mesón.

Maldita la melancolía que me invade cuando el apetito solo mantiene estable este organismo metabólico.

Y tú allá, en una mesa que se regocija con tu presencia tomando el café que nos tomábamos despues de almorzar. 

viernes, 12 de diciembre de 2025

favores

Era una protesta habitual: saqueos, barricadas, perdigonazos y hondas estirándose en dirección contraria a los asesinos del pueblo. Asestadas y corridas; preocupaciones y victorias; concreto y sonidos de candados rompiéndose llenaban el confuso aire que se mezclaba entre maderas, publicidades y llantas quemadas. Pero ese día algo pasó. La rabia fue más. La rabia siempre es más. Y entre la escasez de los recursos y la astucia permitida nos vimos en las puertas providenciales de la catedral. Un cúmulo de iconoclastas de justa rabia, ante los estandartes de lo divino y lo sacro, que de sacro las torturas; que de divina la represión.

Las Santas Patronas, los Apóstoles, y los Siervos de Dios, en brazos de los embriagados de rebeldía que los hacían volar hasta pulverizarlos. A mí solo me bastaron tres pasos, cruzar el umbral de la catedral, verla iluminada desde el oriente y sentir que las alturas de la alta bóveda me desconectaban de la horda transgresora y su sintonía. Sentí un espasmo, la vi, y como si fuese Juan Diego abriendo su tilma, se me contrajo el pecho y supe de inmediato lo que debía hacer. Me acerqué, como quién lo hace ante una emperatriz, y rememorando en mi mente los favores concedidos, el cuidado y la protección, le prometí también cuidarla a ella, como ella a mí, en un acuerdo revalidado por la emoción y el cariño mutuo.

Raudamente puse un reclinatorio en frente y subí mientras la tomaba de la manta estrellada, con un especial cuidado la desprendí de sus aposentos acomodándole la luna que la mece, y bajé, analizando la situación con mi propósito claro: resguardarla; protegerla; preservarla.

Caminé por la iglesia, mientras veía las bancas, los cuadros y las decoraciones religiosas ir directo a las brasas, a veces en manos individuales; a veces colectivas, pero todo en una misma dirección: la barricada.
Caminé aparentando ser uno más, y lo era. Pero el fulgor y la energía destructora se habían difuminado de mi. Estaba en calma y mi mente era un sitio en blanco y sin distracciones, por lo que, cuando me gritaron:  "wenaaa compañero ahora tírala nomáaa". Yo pasé de largo, y solo intuí lo que me dijeron, cuando estaba negociando con otras personas, lejos de ahí, para que la cuidaran.

-De verdad, esto es sagrado para mí. No voy a quemarla. Cuídala por favor. 

-¿¡Qué cosa, cómo?!

Entre el balbuceo, los ruidos, la polera que se metía a la boca, la incomprensión de lo que estaba pasando, y el cálculo de los riesgos que implicaba esta acción, me moví a otro lugar. Esta vez fui más claro. Y entre negociaciones y aclaraciones, logré el resguardo prometido.

Debió haber sido raro, un manifestante vestido de la misma forma que los otros cientos, pidiéndote encarecidamente ayuda para un objeto hasta entonces inanimado.
Y ahí se me pasó. Objetivo cumplido y retrotraimiento al impulso destructor y de masas que habitaba en mí hasta ese vital deslumbramiento. Avancé por las avenidas viendo gente conmocionada y herida hasta encontrar una posición táctica favorable, y encontré en una trinchera un refugio donde darle curso a la rabia colectiva.
Entre preocupaciones y victorias, entre asestadas y corridas, entre piedrazos y perdigones, un estiramiento de honda y un posicionamiento altivo hicieron de mi pecho un espacio amplio para recibir impactos, y entre el sonido del escopetazo, la fuerza de la mano soltándose del elástico, y un empujón en el centro del esternón, supuse lo que ya sabía: otro a la colección.

Yo ya tenía alrededor de cuatro, uno en la pantorilla que había sido objeto de curaciones de matico y agua oxigenada, el cual a esas alturas ya se había encapsulado en mi gastrocnemio; otros tres, que entre ecografías mal hechas, bisturís afilados y cirugías clandestinas habían sido expulsados, dejando retazos de plomo y esquirlas de sangre en lo poco de rodilla que hasta entonces me quedaba.

Rápidamente me parapeté en unos maceteros en el suelo, bajando el cierre de mi cortavientos mientras venían compañeros a preguntarme cómo estaba. Estaba bien, pero incrédulo les mostraba que el impacto del perdigón habia golpeado en la intersección entre cierre del cortavientos, y el primer botón de la polera con cuello que llevaba ese día.
En el pecho, una marca, pero nada más.

 ¿Me había llegado el perdigón?

¿Fue mi imaginación?

¿Me habían disparado aire? pensé.

Y recordé como cinco minutos antes un adolescente me decía que no era tan grave, pero que su mamá lo iba a retar, mientras lo llevaba con un perdigón incrustado en la sien al puesto de enfermería más cercano.

Y recordé a mi madre. Que reza por mi cada vez que salgo a la calle. 

Y recordé el cerro Tepeyac. La Basílica. Las oraciones.

Y recordé el encuentro. El acuerdo. Lo sinuoso del mundo material.

Y vi a la virgen correr, conmigo en sus brazos, alejándome de esa barricada que casi se me incrusta en el pecho y dejándome a resguardo, parapetado atrás de un macetero, mientras nos agradecíamos, mutuamente, el favor concedido.

jueves, 20 de noviembre de 2025

artilugios

No se baña uno dos veces en el mismo río, ni recorre la misma feria dos veces.
Cada una tiene sus particularidades, su multiplicidad de personajes, y sus diferentes artilugios que seducen a los ávidos compulsivos que sueñan su mano perfectamente calzada del artículo que imaginan.
Sublimado el objeto de su deseo, se encarnan en una lucha despiadada por conseguirlo, aunque no se sepa qué es, ni se sepa bien contra quién es la disputa. 
Cuál águilas sus pupilas se dilatan al ver a sus presas, que esperan ser cazadas para revivir, para renacer, para reencantarse con un mundo que las desechó y espera de ellas una recompensa por ello.
No se baña uno dos veces en el mismo río, ni recorre la misma feria dos veces, pero los arquetipos que se encuentran ahí son claros: revendedores y coleccionistas, madrugadores y cazatesoros, despistados y cachureros, regateadores; pudientes; recicladores; y toda clase de oniomaníacos.
Por supuesto los hay compradores y vendedores, ambulantes y puestos fijos, asegurados y competitivos, despiadados y con conciencia de clase.
La feria nunca es la misma, ni aunque sea en la misma plaza, ni aunque sean los mismos puestos, ni aunque en el catálogo de alhajas y joyas no haya ninguna novedad, que siempre las hay. 
Hoy caminé por un parque lejano, y entre paños con montones de ropa y metales varios recordé esa plaza en la que seducía compradores, en la que regateaba por entretención, donde llegaba en bicicleta de madrugada para conseguir las prendas que cuido tanto como los valores que me heredó mi abuela. 
En los árboles no habían cotorras argentinas, en el anfiteatro del centro no estaba Don Pedro y sus seis toldos lleno de artículos estadounidenses de segunda mano y de dudosa procedencia. Tampoco estaba el viejo choro que vendía bolsos y carteras sin dejar pasar la oportunidad de tirar la ficha a la mesa. Tampoco estaba el mono y el guatón con sus "sí" como respuesta predeterminada a cualquier invitación de carácter maliciosa. Juanito no estaba tomando mate y predicando la palabra de Dios y el Colo no estaba delirando mientras gritaba sus productos.
Hoy estuve solo en ese parque, hoy no había nadie más que yo. Solo hablé con un tiuque que observó mi caminata cazadora y nostálgica mientras recolectaba, como yo, artículos para su nido. Hoy no caminé por la misma feria, ni mañana tampoco lo haré. No me bañaré en el mismo río; sin embargo, me parece raro, porque cada chapuzón se siente igual: como si estuviera caminando por mi hogar.
Y con sus presentes ausencias, hoy caminé la misma feria que pisé y recorrí hace años en otras geografías, gaste las suelas en el mismo piso terroso, y me incliné a observar las etiquetas, piquetes y quemaduras de las mismas prendas que llevo puestas, desde que hice de la feria ese lugar sacro, en el que cada objeto reciclado tiene un reflejo, un reflejo de mí, un reflejo de mí en el mismo río, un reflejo de mi en la misma feria.

sábado, 18 de octubre de 2025

café colombiano

Despierto de madrugada y decido empezar el día como debe ser: bebiendo café. 

Salgo del embrujo de las sábanas y me dispongo a bajar por las escalinatas en un ascenso inverso que, extrañamente, se hace más complejo que de costumbre. Logro mi primer cometido. Llego al salón principal, que se impregna con la luz del alba que pocas veces conociste, por tu secreto pacto con morfeo. Llego a la cocina, y a través de frutos secos, galletas y productos que guarda la alacena logro escalar a duras penas hasta el mesón principal, donde coincidentemente con mis necesidades matutinas, hay una taza de cerámica que moldeaste con tus manos, servida y esperando que llegara de mi mañanera travesía. A través de su asa logro subir con la fuerza de mis brazos, y raudamente me instalo en el borde de la taza que me muestra abiertamente su interior.

Tal como lo pensé: las clases de taseografía y de cafeomancía que tomé para entenderte son inútiles, absolutamente inútiles. Porque este café con forma de volcán no era cualquiera. Era desbordantemente disruptivo y pletóricamente rebosante. En su aroma se notaba su cultivo en las praderas liberadas de Santander; y las notas anarquistas y dulces se hacían notar luego del primer sorbo de sarcasmo agudo. Sus procesos productivos lo diferenciaban, y es que este café fue regado con las mieles producidas por las abejas reinas, que decidieron polinizar sus flores; y que hicieron de su cultivo un enjambre de colores y de revoloteos. Cultivado con caricias poéticas, su cuerpo se hizo ligero al segundo sorbo pero en lengua su plenitud le daba la consistencia de un buen verso. Aún no era conocido su punto máximo de maduración, y solo en las extrañas tierras surandinas se daban, las condiciones excepcionales que lo pudieron crear. 

Y en el borde de la taza, siento a mi cuerpo desprenderse en cámara lenta de la cerámica, en un impulso irrefrenable, inconsciente y mortal. El abismo es ardiente, y siento su sabor, las notas dulces, su levedad.

Y ya no hay vuelta atrás: he caído para siempre en el café, en mi café favorito, en ese café: tu café colombiano.

domingo, 5 de octubre de 2025

dedicatorias



Hoy, de pura suerte, en el último puesto de la feria antes de irnos a la casa, vi que había un libro que decía pulgarcito, y sabiendo que es el apodo de mi poeta favorito -Roque Dalton-, me fijé y efectivamente era un libro de él. Y más allá de lo bonito de encontrar un libro de un autor que a uno le guste -y por una luca-, al abrirlo encontré la dedicatoria anterior, y otra, una pequeña reseña del libro y un afectuoso saludo escrito por sus primeros dueños.

Ricardo y Yolanda, en el año 2002, escribieron una dedicatoria abierta para la posteridad, sabiendo que ese texto no sería eternamente suyo, que la circulación del libro en este entramado de mercancías que es el mundo es
algo fluctuable, y que en realidad, nunca se puede saber donde llegará un libro que uno tuvo. 

Me pareció fascinante. Y más allá de la emoción que me produjo esa complicidad militante e intelectual, aunque peque de individualista, lo que más me emocionó fue pensar en lo que yo quiero, que es, que todos mis libros, al momento de morir, lleven tu nombre, Natalia Andrea. 

jueves, 24 de julio de 2025

tradiciones

Quizá son tradiciones antiguas: los ritos necesarios del cuerpo; el retumbar del tambor; la necesidad de tensionar las cuerdas vocales; oír los gritos: a destiempo, al unísono; saltar y oler la algarabía; danzar y hacerse uno; mezclarse, perderse. Salir y volver a sí a través de lo orgásmico que es cruzar la línea; revoltijos; descontrol; pasión. Deshacerse; ser masa a disposición de algo mayor; sentirse parte del coro universal que periódicamente necesita el éxtasis, la locura. El motín necesario contra el calendario y la sacralidad a voluntad para con los Dioses. El bombo, el rezo, la cábala, la abundancia para las cosechas venideras y el agradecimiento por los favores concedidos. Y sí, son solo noventa, pero el cuerpo tiene memoria, una profunda memoria, que evoca el recuerdo arcaico del salto, el grito y el rayo cada vez que el susurro muta a eco y se oye un ícaro grupal, el espasmo muscular del cuerpo cuando todos dicen, gritan, cantan: gol, golazo, gol.

lugubridades

Nací un día que Dios estuvo enfermo.  De ahí que la vida se me fue yendo entre disforias y megalomanías; entre neurosis y delirios que ahora...